septiembre 02, 2011

Mientras pasa la tormenta...

Por definición, usted lo sabe mejor que yo, querido lector, las tormentas a nadie gustan. No sólo por las complicaciones del tipo no-hay-paraguas-que-te-tape que implican, sino porque, costumbre lamentable pero en el fondo demasiado humana, hemos tenido a mal adosarle significados un tanto escabrosos. Ya se sabe, si en realidad tormenta designa ciertas condiciones climáticas (el encuentro de dos masas de aire de distinta temperatura), nosotros hemos embadurnado el término con singularidades del espíritu. Y así en la cantaleta eterna del llamar a las cosas de todo menos por su nombre, encontramos palabrejas como atormentado, sin que aire medie ni temperaturas disímiles. Total que a las pobres tormentas les toca bailar la fea y nadie quiere atravesar por una, cuantimenos cuando por contexto tiene un vaso que bien podría estar medio lleno si a la vida buscámosle sonrisas, pero que tiende a vacío cuando tristeza manda.
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Qué decir, caro amigo, no soy yo el indicado para andar tumbando significados adquiridos ni sintagmas fijados. No me queda más opción que aceptar la cosa como está y balbucear una descripción de lo que muchos podrían llamar mi tormenta personal, o como dicen que dice la popular sabiduría: contarles cómo es que ahora le llueve a mi milpa. No abundemos demasiado, en fin la cosa es sencilla, tres palabritas bastan para darse una idea: desempleado, soltero y desanimado. O séase que estoy medianamente en común con mucha gente... lo cual me lleva de vuelta al punto inicial: el disgusto por las tormentas.
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En honor a los tiempos de mayor brillo me entrego a la inercia de rechazar los lugares comunes, manque eso traiga terroríficas consecuencias. Así es que diré que a mi sí, cómo no, me gustan las tormentas. Y hablo acá de ambos tipos. Por un lado están los chubascos, esas tremendas manifestaciones del poder de natura que, relámpagos y truenos mediante, nos pescan a media calle corre que corre pa'no terminar vueltos sopa y temerosos de que un rayo, vallecano o no, nos parta alma, corazón y vida, como decía el bolerito, en dos o más mitades (que sí, que ya sé que si son michas namás un par se puede mentar, pero permítaseme la licencia, en virtud de que toda mitad se vuelve un entero a la vez susceptible de ser trozado). A mí me gustan. Si me pillan en casa, las observo con la ventana entreabierta para que el olor a tierra mojada invada la habitación. Con un café cargado y un cigarro, ni qué hacerle a ese lugar común no escapo desde Jim Jarmusch, deleito pupila y oreja pensando en el agua que se filtra por la tierra del jardín y que desde ya y apenas caer comenzará a ser verde crece que crece. Pero el asunto cambia si me sorprenden en la calle. Regularmente se me verá corriendo en busca de refugio, pero, si tiene usted la suerte estimado contertulio, podrá verme caminar como si lo hiciera on the sunny side of the street, cáchame esa florecita Dorothy Fields, dejando que el agua limpie el cochambre que, querámoslo o no, esta ciudad va acumulando sobre nuestras espaldas.
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Claro que están las otras, las tormentas del espíritu, o las del corazón en todo caso. El código postal de esas remite a la mentada calle donde en el número 7 se domicilia cualquiera menos Sabina y donde, seguramente, en un tercer o cuarto piso podremos ver a James Stewart maldiciendo a Daguerre. A esas también les he tomado cariño. Y no es que sea su servilleta creyente de las enseñanzas de Sacher-Masoch, o un tanto sí, pa'qué negarlo, sino porque esos momentos en los que falta salud y/o dinero y/o amor, nos permiten salir de lo que en alguna ocasión el joven Artur Bar bautizó como mediocridad sentimental ¿De qué va ese asuntacho? El concepto es simple. La mediocridad sentimental es ese estado de ánimo, y no se apunten acá los lyotardianos y derivados que a lo posmo no le atoramos, en el que los sentimientos pierden intensidad. Es decir, podemos sentir alegría, tristeza, ira, amor, confusión y toda la gama de posibilidades, pero todos carecen de fuerza, los sentimos lo mismo que la ropa: son parte nuestra pero no pierden su calidad de externos. Pero la cosa cambia cuando nos cae encima una mala racha que deviene en tormenta. En esos momentos regresamos a la cruda brutalidad de los sentimientos a flor de piel. Una sonrisa ajena puede convertirse en amor, un comentario desatinado podrá despertar la ira, un trámite será un calvario.
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Podría decirse que me encuentro ahora en mitad de una tormenta, recorriéndola sin paraguas ni café y asomándome a todo aquello que no tengo idea cuando dejé de sentir. Así es que, mientras pasa la tormenta, regreso a la escritura, a quitarle el polvo a las historias, a garrapatear en este espacio sin más intención que la de contaminar, manque sea un poco, la conciencia de quienes por acá se apersonen. Un gusto volver.