Porque en verdad lo es, querido lector, el lamentable hecho de caer víctima de algún bicharrajo microscópico que pone patas pa'rriba mi metabolismo. Poco común que su inseguro servilleta recurra a tres días y contando de incontables pañuelos, chochos cada cuantas horas y el tradicional fifti-fifti peñafiel con sidral para no caer deshidratado. Poco común un asalto de escalofríos bajo seis kilos de cobija y una montaña de copias haciendo cola junto al DVD. Ayer, por ejemplo y en crestas de la fiebre, pasé de Glass Spider (Bowie, 87, sigo pensando, a pesar de la fiebre que "China Girl" rifa) a Singin' in the rain (Kelly, 52, nunca volvería a cantarla igual según aseguró en su aparición dentro de The Muppet Show (Henson, 80), secundo la opinión) sin saber a ciencia cierta qué cosa me llevó de la primera a la segunda ni cómo de aquella pasé a McFerrin y sus Spontaneus Inventions.
Poco más de doce horas tumbado en el sofá, entreviendo la segunda temporada de Fraiser, navegando en un mar de papeles moquientos y esperando que alguien se apiade de mí, me traiga una sopa caliente, y deje de mirarme, por amor al cielo, con esa cara de fin-del-mundo, sólo porque hace tiempo que no me veía así. Odio estar enfermo, cosa que sólo me ocurre, en esta intensidad, cada dos o tres años. El dolor de cabeza, terrorífico, el cuerpo cortado, peor, ni qué decir de la irritación nasal (aún me sangra cuando me sueno) o la garganta ulcerada como eje vial... pero lo que realmente detesto de la enfermedad es no tener con quien refugiarla ahora... ¡Joder, se aceptan solicitudes! Enhorabuena, caro amigo, a usted que por hoy goza de buena salud, no se preocupe, ya le vendrá el tiempo del moqueo... y espero que le agarre acompañado...
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