noviembre 12, 2010

Bendita tú, que todo curas...

Tengo una mala costumbre. En realidad tengo muchas malas costumbres, pero quiero tomar una de las tantas como pretexto para escribir hoy. Resulta, querido lector, que desde hace ya algunos años, cuando cae la temporada de lluvias, releo la multicitada novela del Cronopio Mayor, namás que por el malsano deporte de autofirmar mi principio de inacción y encontarme con dos líneas y un pasaje que simplemente me fascinan. Las líneas me las guardo para no ser tachado de sentimentalista barato y del pasaje sólo refiero que es la mejor definición del jazz que he encontrado, aunque pocos realmente conozcan a ese enorme trompetista que era Bill Coleman.
Pensando en Coleman, y por extensión en la música, caigo en la cuenta de que nunca aprendí a tocar instrumento alguno. Acordeón, piano y contrabajo son los grandes pendientes de una vida volcada sobre la música de manera rayana en lo patológico. El asunto es, caro amigo, que una de las frases de aquel libraco se ha convertido en una máxima a la que vuelvo cada vez más recurrentemente. Me duele el mundo, higual que hal personajazo, en un sentido amplio y poco aprehensible. Me duele en la misma medida que a husted, aunque quizá una rayita menos, y que a usted, seguramente varios niveles más.
Por supuesto, estimado contertulio, no le daré el placer de regodearse con una lista pormenorizada de las múltiples y muy diversas algias que me pican cada que el sol sale, porque no está el horno pa'bollos, pero sobre todo porque agora me apetece más escribir sobre la cura. Y es acuá donde Coleman entra con y sin sordina. Lo descubrí gracias a una afortunada casualidad, cuando mi bolsillo era más próspero y aún el P2P no era hábito. Andaba por entonces intentando desmarcarme de la música de mis padres, a la que volví con harto gusto años después: por el lado paterno estaba el progre, Jethro Tull y Emerson Lake & Palmer, además de los Bluesbreakers de Mayall, la neurosis hippie de Dylan y los himnos de Queen. Del lado materno, el asunto oscilaba entre el fanatismo beatlemaniaco, la melancolía de Zitarroza y el encanto de Los Chalchaleros.
Claro está, como buen chavalo de los noventa, caí en las garras del grunge, en las iras metaleras y el frenesí del ska. Pronto me volví seguidor de una estación de radio, la extinta Órbita 105.7, que me permitió vivir de concierto en concierto y un buen día me abrió sus puertas. Llegué como colaborador de un programa bastante sui generis llamado El Ojo Noctámbulo. Mi labor era básicamente conseguir "música rara". Así empezaron mis vueltas por el tianguis del Chopo y mis excursiones a MixUp.
Buscaba un disco original, algo raro de tierras balcánicas, en la sección de jazz de la tienda aquella. Y en busca que busca el encargado puso un discazo de la colección Jazz in Paris: Bill Coleman soplaba "Afromotive in Blue". Me quedé clavado, escuchando. Ya se sabe: el tiempo no pasa en balde, y poco a poco fueron creciendo dos colecciones bárbaras: una musical (escasos CDs, los vinilos de mi padre e incontables montones de cassettes) y una de dolores. Y mientras más crecía la segunda más necesaria se volvía la primera.
Podrá darse entonces una idea, querido lector, de la gama variopinta de aflicciones que me corretean namás asomándose a la discoteca de su valedor. Veinte de cal por las que van de arena, digo yo. Lindísimo en este mundo que exista la cura, la bendita música...
Por hoy, receta para curar el estrés a cargo de Bolling y Legrand... trépele y disfrute...

1 Carnavales pasaron por acuá:

Profe GomezLoza dijo...

Charlar de música, eso es todo. Jugar con el Cronopio Mayor, qué más. Y entre las algias y la intoxicación, no hay más que las letras y las notas musicales pa' revivir perdidos combates.