sábado, 24 de septiembre de 2016

Sentado frente al Ché...

Acabo de gastrar treinta de los pocos pesos que quedaban en mi bolsillo para aguantar la quincena. ¿Que qué compré? Un café y un cigarrillo. Ya se vé cómo de cara anda la vida en esta ciudad. Y cuando digo 'esta ciudad' no me refiero al D.F. -me niego hasta lo posible en mentar la nueva denominación-, sino a una de las singulares urbes que viven dentro del mostro chilango. Una ciudad en la que pocos pernoctan. Una ciudad de habitantes transitorios que saben que estarán aquí por un tiempo limitado y cuanto menos, mejor, y cuanto más, mejor.

No hay en esta ciudad los uniformados de afuera que vigilan para sacar provecho o para hacer cumplir las leyes... o para ambas. Una ciudad donde el transporte no cuesta. Una ciudad cuyas ventanas miran, casi todas, a los últimos vestigios de verde atesorados sobre un pedregal.
En esta ciudad priman las dudas, las pesquisas y los razonamientos. Cada habitación es un crisol de ilusiones, datos, esperanzas y la crítica áspera pero ingenua -sulsa pero pecable-. Una ciudad de la que también fui habitante en su momento y a la que hoy regreso más por casualidad que por intención, Ciudad Universitaria.


Compré un café y un cigarrillo por la misma cantidad de morlacos que en otros tiempos me aseguraban comida de dos idems, allá en el comedor de Ciencias. Compré un café y un cigarrillo y me senté a escribir y a ver cómo la tarde cae a las ocho de la noche. Aquí estoy, sentadito, muy cerca de uno de sus límites exteriores. Frente a mí se yergue, vieja y con su ascensor de espanto, la Torre de Humanidades. Más allá está la Biblioteca Central luciendo presumida esos eternos mosaicos que los nipones querían comprar.

A mis espaldas, la Facultad de Psicología, desde cuya explanada principal me llegan los ecos de un djembé pésimamente golpeado. Es primavera y se nota, a pesar del cambio climático y el enloquecimiento de las estaciones. Se nota en el calor seco y el sol inclemente. Se nota en el canto de estos pedinches pajarracos que bajan a exigirme migas. Pero sobre todo se nota en la ligereza de ropas con que las alumnas arrebatan suspiros y despiertan apetitos.

Pasa un dinosaurio de la autonomía: un destartalado Pumabus de las rutas originales. Cuando yo estudiaba al otro extremo de esta ciudad sólo había cinco rutas. Avanza ruidoso el dinosaurio con las tripas repletas de estudihambres. Pasa debajo del pirú y al alejarse me deja ver ventanas tapiadas por carteles rojinegros. Claman algunas por la libertad de presos políticos (pre-sos-políticos-li-ber-tad). Exigen respeto a la autonomía unas más.

En el interior de lo que solía llamarse Auditorio Justo Sierra y hoy ostenta el nombre de "El Ché" se cuece una variedad singular de habas. Un caldo donde convergen el punk, la autogestión, la resistencia, el consumo de enervantes, el indigenismo y una suerte de ekologismo antikapitalista que mis facultades no alcanzan a comprender.

Pasa otro Pumabus. Uno de los nuevos. Pasa una patrulla de Torcilio UNAM. Pasan parejas de estudiantes con rumbo al Jardín del Edén. Pasa una bolsa de plástico volando y yo me siento tan Puman Beauty. Pasa incluso mi fantasma de estudiante en busca del extinto café de Lázaro y del único puesto que tenía en pirata los discos de Putumayo...

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